La misma situación, el mismo bosque, diferente estilo de servirla. Una bola de cristal, apoyada en una perfecta horqueta de abedul, chorrea una miel tan densa como incolora, padeciendo el suave frescor del amanecer en la ciénaga. No es esta ocasión un sentido ágil. No hay cantos o música ni auriculares. Y los espantapájaros no dan miedo cuando Elena enseña a volar a su marido de espaldas, boca abajo, con el hedor del pasto húmedo llenándole la boca y su cabello hecho una informe pelota de pelos humanos. Incluso este texto llega a trabarse como arterias tapadas.
¿Cada vez que el viento toca las hojas de los árboles perece? No es una pregunta tonta. Es calculada. Tonta es la pura idea de que el viento no tiene vida, ni la sueña, ni la usa, ni se empeña en doblarla y guardarla en el bolsillo, cuando caen las naranjas maduras del árbol, las naranjas que tampoco sirven más, las deformes, las amargas, las jugosas. Y de repente, como en la idea del suicidio que no se concreta, Elena se toma varios días sentada en el bosque, de ojos abiertos y palmas hacia el suelo, le van brillando las rodillas hora tras hora. Y mana una sensata percepción de que todo va como desparramado por la madre naturaleza hace miles de años... Su marido corta de cuajo la relación sin cortar el vínculo, y ambos se dan vuelta a mojarse las manos en la pequeña cara del cervatillo muerto que se desmenuza orgánicamente hace días, en una silenciosa fiesta de pálidos acontecimientos del tamaño de un gusanillo multiplicado. Cuando cae la noche y el hambre se vuelve intolerable, se acurrucan a dormitar Elena y su marido, en un temblor rosado y cariñoso, sin miedos ni desventajas, con la segura convicción límpida y cristalina de que es imposible ir descalzos sin sentir el roce antagónico del planeta en sus poros vulnerables. El marido de Elena apoya el rostro en una resignada almohada de hojarasca y pequeños terrones resecos convulsionan rítmicamente debajo de sus genitales. Si hubiera monedas en este relato, se estarían riendo con la boca tapada. Elena no. Elena mide sus dedos con raíces de jengibre y adopta suavemente la forma de un humo superficial, acariciante y con un dejo a almendras y humedad. Recorre el bosque escupiendo rayos de luz pequeñísima en lugares que a nadie le importan y parece querer alcanzar un puntiagudo y delicioso placer individual que jamás llega a la cima. Por ejemplo: esperarte dormido.


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