Juan José Morosoli
-¿Qué pretendes hacer, hijo querido, informarle?
El televisor se mueve remotamente por la casa, las luces que desprende parecen oler a comida de olla, a cebolla.
-Sí, hacerle saber.
Suponemos que el techo hace una mueca, como un descargo, se tuerce dura pero imperceptiblemente. Crece el olor a café.
-¿Sabes lo que pasará cuando le informes, cuando le llegue el mensaje?
Afuera ruedan unas campanas, pasa un carro y una viejita se afeita iluminada por el sol, dejando resplandecer el instinto en una ventana cerrada, cortinas corridas y toda la mano. Los colores que pedías son beige, tostado y vinilo.
-Sí, le gustará. Se va a excitar.
Un golpe sordo contra el vidrio. Uno de los peces vuelve a arremeter contra las paredes de la pecera y el resto lo ignora. Ignoran el agua y la pecera. Ignoran el medio. A pesar de eso, el sexteto de cuerdas sigue envenenando las piedras de colores que sacuden un perezoso moho desde el fondo.
-Así es. ¿Y qué querrá cuando se excite, hijo?
Entran los hermanos a escena. El que lleva la pelota pasa de largo y sube la escalera con los pómulos al rojo, el sudor hirviente y unas necesidades que le comerán el hígado cuando sea adulto, entre sonrisas marcadas desde hace años, cuando la gorda teta llena de leche era su almohada de mitigar. Los otros tres se desparraman en el sofá y caen a los deliciosos pies del cansancio.
-Querrá... que la penetre, que la toque, que la goce... querrá que nos encontremos a coger, papá.
Llueven cuerdas de acero, guitarras eléctricas, llueven dedales de acero inoxidable y collares de perlas, llueven escotes delicados que esconden pechos suaves y blancos, llueven unas gotas ancianas que decoloran el cielo en cáscaras de agua indolora, un agua que baña lentamente el sarcófago y a sus habitantes. Los colores que pedías son naranja, piel rosada y un azul intenso, como manchas de la vista.
-Exacto. ¿Y tú quieres eso, hijo mío? ¿Quieres eso?
Como en un acuerdo previo y descabellado, todas las puertas de la casa se cierran a la vez. Son portazos que recuerdan el sordo golpe en la muda pecera. La casa se inclina hacia la ventanilla del ómnibus y entrecierra un ojo, dolorida. Lo que siente es que va malherida. Lo que siente es que falta aún un trecho para que termine la película. Lo que siente es que sobrevivirá, pero a costa de terminar de verla.
-No papá, no quiero eso...
En la superficie de la leche, la diferencia de temperatura deja cuajar una marca nítida, una severa tos en el medio de la madrugada, donde la ropa en la silla se retuerce en un terror increíblemente hermoso, atormentada hasta la mañana por el enfermizo temor febril de no llegar al día siguiente. Afuera nadan los delfines en cantos de memoria, naturales y sanos, despejados de toda redención o pecado, y las bicicletas llevarían a sus gentes donde éstas quisieran.
-Entonces no lo hagas, hijo. No le informes que te masturbaste pensando en ella.
El libro apoyado sobre el brazo del sofá, pende de un hilo hermético y rojo. Mientras la madre levita por toda la casa en ojos cerrados, la música parece un software perfecto, donde los amigos son realmente amigos y los mensajes son de un tenor absoluto, circular, esférico, silenciosamente profundo, y las fotos se descargan a la velocidad del viento invernal.
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