Un día soy gótico. Tuve dos perros: Lázaro (incontables veces salvó mi víscera de las garras de la tiendita de caramelos exagerados del norte mismo de la prisión de tus pechos calientes) y el otro can solía llamarse Jefatura de Policía De Montevideo. Mis amigos solían cuestionar la bisexualidad del licuado tipo fruta con ron que nos aguijoneaba como almanaques en unas noches de península ósea y aquel
La circuncisión. Las paredes del castillo y el coquito de la flauta. La besé. Me besó. La medí. Me pidió. La perdí. Me pifió. La serví. Me cercenó. Subió sus Lacoste y unos posters de Big Bang Theory parecían flecos entre tutá tuté tutí tutó tutú aunque lo leyeras directamente desde mi boca de DJ francés. La noche silbaba toallas higiénicas. Los señores parecían gorilas. Los ladridos de los perros atravesaban por completo el ruido ensordecedor de la caravana y los árboles se debatían entre hacerse una jabalina con las profundidades de aquellas reuniones que manteníamos con resaca en una monumental pero ordinaria servidumbre de paso. Hoteles, mantas térmicas, bolsas de la velocidad que serán una delicia porque el tiempo está condenado a llorar en forma de examen que cuando el primero de tres puntos llegue a caminarnos por el orgasmo, perderemos ipso facto, ahora sí, cualquier constancia que hayamos tenido de la existencia y presencia de la canaleta. ¡Y fui curador en una boutique de lanas de reto a muerte! Pero esa, queridos amigos, esa sí que es otra historia. Qué lindo. Y memoriosa, eh.


0 han aprendido:
Publicar un comentario en la entrada