¿Qué es el minimalismo? ¿Existe el minimalismo? ¿Afecta? Quizá de las obras más transformadoras que han dado se trate en suma de poder la pieza textual que se diríamos que puede llamar por su título: Funca. Ya el nombre es minimalista, la esencia es minimalista, el recorrido es minimalista, los contextos y la meta son minimalistas. Acusa de objeto el recibir un significante que empuja el minimalismo por el ojo de su aguja minimalista. Las doscientas páginas coordinan un abanico de situaciones donde el lector sumerge posiblemente sea la delicia de saberse entrometido y a veces coautor del minimalismo, coadyuvando, corroborando y coleccionando la factura de una historia tan perpleja como admitida en la simbiosis mecánica del propio tabletear de sus armas de fogueo minimalista: una muchacha toma café. La tierna simpleza minimalista del momentum, la carencia de la otredad inenarrable y el pelo, convierten a la obra del afamado en un cincel que talla de hombres como por ejemplo nombrarlos. La lista sería interminable. Y da pudor.
Luz: "-Estese quieta con la luz de las gaviotas, Doña Malguán. Las enfermedades de los muchachones son la delicia de algunas de las que acaban de menstruar. A las mujeres me refiero, imagino que me entiende. No estoy hablando de las gaviotas ahora, ¿me entiende? Me refiero a que las enfermedades de los muchachones son la delicia, por así llamarle, de las mujeres, de algunas de las mujeres que acaban de menstruar. ¿Me explico? ¿Me entiende?-"
Cíclope: "Mecía el ancho monstruo su modorra ampulosa por los entretejidos de la piara, enfrentando coágulos desnudos que pendían de su zigzagueante fisura purulenta que sus entrenados misterios iban agrupando durante miles de años a lomo de mundo. Siete campesinas lo vieron decaer y siete campesinas le dieron el alta."
Los viajeros: "Tras caminar siete metros por el angosto pasillo interno, aparecía una puerta de tosca hechura pero fuerte en su constitución y presencia, que comunicaba el pasillo con el segundo dormitorio, más grande e iluminado que el anterior y de paredes pintadas más femeninamente en un cálido color avellana, baldosas de piedra pulida en el piso, muebles que recordaban las viejas tapas de las revistas rococó y gruesos cortinados de terciopelo en color rosado. Orientadas en dirección este-oeste, se ubicaban dos camas pequeñas perfectamente tendidas desde las cuales se podía ver una amplia ventana que daba al jardín frutal, donde aún quedaban las hamacas multicolores y la fuente que ya no sería utilizada en mucho tiempo. Los viajeros garchaban allí."
The Golden Nuatsi
Johann Wolfgang von Goethe
Cago a la escopeta. Es la novena vez que cago a la escopeta. Yazgo aquí, en mi conservatorio musical preparado para escuchar las más fascinantes historias insulsas y cuando quiero dormirme y dejarme dormitar, cago a la escopeta. Sin apuro, lánguidamente, dibujando los trozos de un escándalo con los dedos de un trago con alcohol en este bar inmundo y metido hasta la solapa, cago a la escopeta. ¿Cuántas horas pasarán antes de volver a mi casa con las duchas enemigas, los dientes del agua atornillándose contra mi espalda ajena? Ni lo sé ni puedo escaparme, pues saber que cago a la escopeta es suficiente mendrugo para alimentar mis ansias y al dar vuelta la esquina, como en un ritual obsesivo acelerado y enfermizo, cago a la escopeta. De rodillas, balando como un cordero a punto de someterse, cago a la escopeta. Las mejillas rojas hinchadas de calor y la compresión absoluta, las raíces del pelo picándome de sudor helado, cago a la escopeta. ¿Sabrán los empleados de esta boutique por qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene mi mochila desgarrada por el insomnio o por qué blando estos libros en la punta misma de mi brazo inerte? Ni caso tiene. Ni valor hallo. Ni meditar me permito. Pateo disimuladamente las colillas de cigarros por debajo de la mesa y cuando el rostro pálido de la chica me endereza una atención, yo cago a la escopeta. Es un cagar tenso, largo y desprolijo, como una piña dada por un hombre desesperado en el vientre de un gorila pudriéndose en la húmeda selva muerta. Cago como nunca nadie ha cagado, ni Cortázar ni Kafka ni mucho menos las mujeres de culo ancho y caliente, esos culos que albergan vergas todopoderosas bombeando la leche que jamás acaba de asesinar al monstruoso deseo hambriento y turbio. Cago y cago a la escopeta y lo maravilloso es que nadie se entera. Ni ella, ni el mozo ni la empleada de la biblioteca. Yo cago a la escopeta y el canario pía ensimismado y el ciento dieciséis hace su ruta diaria muriendo en los labios flacos de un Pocitos azulado por el viento. Las hojas en los colmillos de las veredas se dejan arrastrar por todo lo que quieran, pero no se mueve un ápice cuando cago a la escopeta. Cierro el libro y miro la hora, impaciente y entusiasmado. Eufórico me levanto y camino hasta la puerta. Ansioso miro a través de ella y mi mano diestra se posa en el picaporte. Estoy a un segundo de dejarme verter afuera. Giro el pomo de metal y empujo hacia la vereda. Nada cambia cuando yo salgo, pero cago a la escopeta. Y sonrío como un enfermo porque sé que te diste cuenta. Esta es la décima vez que cago a la escopeta.
Edmundo de Amicis
Para el viento sos vos, pero para la delicia inerme que representan tus huesos sobre la verdad revelada de tu amiga malherida, ¡somos una reidera serie de espionaje occidental! Y cuando los monjes inventan la lectura silenciosa de los libros de cabecera, ya Olmedo y Gardel estaban fabricando los pilares del constructivismo, Piaget, Hegel y esa costumbre tediosa que tienen los gringos de llamar a sus amigos ¡por las iniciales! ¡Qué penales! ¡Qué lacayos y testigos! ¡¿Qué castigos corporales?! ¡Te doy con la sangre a puro mes lunar! Y después me voy a enjuagar, muros intraterrenos, humanos afirmados, la pedofilia corriendo como una intravenosa desnuda por las arterias de París, los segmentos de la recta final y otra vez Alicia mide el País de las Cascarillas con los ojos de una pendeja y la boca de una vieja, dejando vejarse por las fantasías de miles y las realidades de nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies nadies mas nadies nadies nadies nadies nadies nadies. La endemia está entre nosotros ahí acostumbrada, en situación de ¡cállese la boca generalísimo, las tostadas frías se comen como galletas! Okey. Está bien. Capaz que sí. Puede ser y es un punto que (soñé contigo dos) te lo reconozco, experimental pendejita rica de barrios a punto caramelo y futuro segurísimo, pero también hay que escuchar Pet Shop Boys (Rent). Insisto. Y no como si fueran a decirme algo, sino como un son. No como si tuviera que dejar el cigarrillo, sino como en la continuidad obscena entre las puertas de tus (mentira) facultades y las entradas de tus (mentira) boliches. Claros, objetivos, esmerados en el producto y serios en la venta. ¡Anotá un número más! Un momento de uñas limpias y tejados al sol. Agua. La madre famosa naturaleza esculpiendo monstruosos cautiverios maravillosos para los animales que somos rama tras cama. Descansar, comprender la falta y la oportunidad del espacio vacío, el cero, la meseta, la leucemia social, el lascivo y perezoso lengüetazo agridulce y acanalado que no entenderás porque no hace falta, es innecesario, cenizas, perros cansados con las costillas marcadas, orgasmos fabricados en el lomo de la tensión laboral al final del día, los oídos sordos de ¡Todo por 10! y el fondito de la cerveza. Volvé a la cama. Acercate. Hacete notar durmiendo. Yo también uso la medida áurea de pija y no al revés.
Mark Twain
Me retiro. Agarran uvasales de encima de la mesa, del escritorio, las bandejas, los pantalones cosidos a mano y me retiro. La luz se apompona mágicamente en una botella hirsuta de polillas hambrientas de fiesta, y el día tuerce la cara en cada una de las muchachas que me bebieron la leche directamente del agujerito de la pija. El sol me pega en el pecho de la calle, haciendo cosas de vándalo por el dormitorio o culebreando mugriento por el piso frío, con pelos enganchados en la barriga y pelusas de la frazada hincadas entre los dientes, la saliva, el ambiente carcelario y húmedo, abyecto y curiosamente permanente de los dedos de escritor. Limpian los lentes con el hedor de la boca roja y me retiro. Sirven ensalada con papas remojadas en aceite, jugos de limones y sal vertida en lluvia generosa. Todo logra sucederse mientras toman mate, se ceban, se toman otro mate y así descaradamente, como si fuese universal, habitual, chispazos todos los días, como el hambre: jamás sentimos hambre, solamente relojes. Se sientan en las bibliotecas, alcanzan la alfombra y suenan las mentiras de los dedos en la fatal caricia repetida de la monotonía que no nubla ni persevera. Me retiro.
El ruido de las llantas en
la calle mojada.
La gente trabajando a
la intemperie.
El torpe secreto de esperar
lo memorizado.
El olor de los pinos al sol
inexistente.
Las enfermedades de todos
los años que huelen a sopa
y a té y a
descarga.
Contra el borde izquierdo del piano me retiro, contra las negras, los azabaches, las conchas de mujeres maduras, excelentes amantes, feroces reproductoras, apasionadas de la complejidad y los versos, mujeres de pelos victoriosos, caderas de olla y besos de penetro, agarro, aprieto, magullo y seco, maduro y abro, amasijo y abrazo, hurto y vendo, conozco y sé, pudro y digiero. Me retiro. Las paredes huelen a salsa de soja y a mosquitos, los pasos en el corredor, la valija, el andamio todavía allí. Los andamios, las reparaciones, las restauraciones, las mejoras, los baldes, las explicaciones, el sopor de la madrugada, las ocho horas, el té, la vianda en su tupperware. El precio del trabajo y el trabajo del necio. Los músculos tirantes que divergen preciosamente aromáticos en las opalescentes espaldas perfectas de las sonrientes gurisas con sed, los tatuajes, el licor, las ignorancias y los hoyos infinitos de las letras, inconmensurables, infinitas, fieles de fidelidad, incondicionales e implacables, infinitas. Me retiro. Se ríen a carcajadas y sonrío. Retumban. Me peino con los dedos. La puerta abierta.
Haruki Murakami
¡Opaca! ¿Me han oído murmurar mientras me siento al piano? Porque corrimos por la esquina, y en el fondo mismo de la puerta del dormitorio central que inunda las voces de los callados discursos de la mole azucarada que es el estado, la docencia se yergue impoluta y avasallante sobre todo ser que ose abanicarse en despecho de una literatura del descenso, de la pasión infecta y oronda que apabulla al dormido corazón de la sensatez burguesa y la mediocridad lijada por los pezones de la puta. Vino el ómnibus y el esfuerzo de mantener el pene en alto. Dos metros más adelante y sobre el sofá, un guardapolvos con agrio aroma de lavandas dejadas ensuciar por las manos de otra niña de pies viciosos o viciados. Nos encontramos con un hambriento lugareño, dispuesto a la charla y al bien del comercio. ¿Te quedan bien los auriculares? Hoy tú, mañana yo, nosotros hemos compartido, vosotros envidiado, ellos nos paren, él rasguña. Las casas enchapadas en siesta, las bicicletas deambulando como pestañas de un Deleuze magullado y la voz de su colita: ¡cuán despacio hemos venido a vernos hoy! ¡cuán ignorantes de la sibilante poesía que denota una chispa de lujuria al abrir las pieles y dejar emerger los pastos de la apócrifa pija chanfleada para la derecha! Es todo en una toma.Y qué poca atención nos dan las ganas de vendernos al mejor impostor, al mejor imposible, al mejor importar que hacer en casa. Haz el fuego y yo te desmaya. Yo te lava y te guarda, yo te lama cada vez que los ojos abra. Pues pónganse a ver las figuras que se arman. Conejos, la encina añosa, la madre que desdeña, el pájaro surca y las aguas conectan el imperio... ¡Contratan algas! ¡Signos de interrogación y dolor! ¿Aquí no yace acaso el dolor? ¿No han muerto la esperanza, la angustia y la desaparición? ¿Por que me evoca tanto aquello que no entiendo por debajo? Uñas, nada quizá. Oigo el chispazo dulce de la flama y llega la hora de la despedida. Los he amado y salimos del almacén con la caja de vino en la mano, mordiendo la punta del sabor con la fuerza de la alegría. Hoy, una vez más, somos compinches lejanos y temidos. ¡Dejémonos la barba, imperiales! Látigo.
Washington Benavides
En una forma absoluta y con variaciones muy tomadas de los pelos, algunos hombres y algunas mujeres saben la diferencia entre una masturbación profunda y su antítesis. En tanto la noche se dedique a profanar los claroscuros más excelentes y las autoridades más férreas, el versículo en solitario que nos proporciona infinitas madejas de autoconocimiento y autococción, se va desplazando en un camino suavemente ondulado con particularidades que rara vez nos dejan atónitos pero pueden llegar a sorprendernos. La crudeza, la animadversión, la lujuria, el amor, la desdicha, la ducha, el sopor, la ira y la apatía incluso, lubrican misteriosamente el fondo de un crisol de intimaciones que abren sus bocas hambrientas para recibir el sencillo arte de entregarse a la mismidad y el fabuloso ascensor (rara vez descensor), que nos deposita tierna y furiosamente en las gargantas del placer. Es así.
Gentes lo toman repulsivo, insano. Hay farándula que no logra tentarse a sí misma y desdeña buscarse clímax. Otras voces hablan de sustitución, instando a una teoría que afirma que el tocado propio suplantaría coitos y encuentros variados con el prójimo, como si solamente hubiese que echar mano cuando uno extraña el fatigarse con un otro... Llegábamos a llamarles "canallas" en la juventud babosa de nuestro camino culto. Hoy sabemos integrarlos al rincón de los cercanos, observándolos entrar al tenedor libre y servirse la ensalada de lechuga que tanto solicitan. ¿Y qué de los demás? ¿Qué de aquellos hinchas de la glotonería toda? Sin pausa, sin prisa, con un atavío de anhelos que diagrama las pupilas temblorosas de placer en cada tintinear del rocío nocturno. Un enjambre de sedes que dota manos y dedos con el ansia beligerante de un encuentro lascivo con el sensual espejo de cada obscenidad que nos habita y conduce cotidianamente, deformando los grafismos de la vida con las plúmbeas curvas artesanales de la orgánica estimulación autoreferencial. ¿Y levantarse al otro día y darle un beso en el cachete a mamá, ir a la facu con la mochi, el celu, a trabajar, darle la mano a seres de variopinta calaña, coordinar, dirigir subalternos, integrarnos, dialogar, socializar, mezclarnos y opinar...? ¿Esto es posible habiendo buceado orondos por el cálido océano pringoso y cándido de los carnales mesmerismos personales, habiéndonos hecho "la propia"?
Mirame.
Juan Gelman
Es probable que las indecencias que otrora abanicaban el dulce lastre con unas fabulosas connotaciones que tuvo nuestro mentiroso coito del humor del sastre en viernes trece. Pero y blanco, todo podía imaginarse en una seda que destapaba los rincones de adverbios de cantidad invaginados por la dulzura de un viento sentido cerca, las albercas y los tabacos desparramados en un sitio limpio y fruncido, como almas atravesadas por los agujeros de la felicidad y tus papas fritas en aceite de conejo viejo, deforme, rapado a la antigua, desalmado y fenomenal. Quizá cruel o etcétera. Algo que deberíamos llevar en un auto sobresaliente y silencioso. ¿Y nos ponemos a leudar como si se estrellara la vida en esos días, en esas ventanas torcidas? ¿O dejamos que vengan a buscarnos y tiren las puertas abajo masticadas por el sol de otoño malo? ¡Al contrario! Era en bajada. Era todo muy fácil. Me tocaste la ménsula. Era una seca realidad, como las tortas al final de los cumpleaños, como los cuchillos en las manos del alumnado...
Pasará una hora de diez minutos y ya estábamos golpeando las manos en las casas de los vecinos, con las uñas renegridas por la arena sucia y los dientes encerrados en capullos de sangre y mandarina, apenas carcajeando agradable y oliendo fuerte a libros con tapas marrones roídas y derramadas:
garganta arrastre hombre mordedura reseca ronco pierna deriva morcilla serpiente río
Caña y agua.
Tu mundo se puebla con caña y agua.
¡Ni te preocupes! Ahora somos otras generaciones más avanzadas, más sutiles y despiertas, más de libros afamados y peinados en sencillo. Ingresando y egresando de los institutos con la mirada agradecida y la sonsera tibia, impolutos, intocables, acríticos, estéticos, enseñaditos, fáciles, rápidos de teclear y repletos de imaginar, zurcidos por millones de puertos USB que diagraman el sopor de la intimación, pequeños diapasones marcando un cuatro cuarenta exacto, discapacitado, lisiado, el de siempre, el de todas las guitarras y xilofones del mundo cocido y siempre peinado por las estrellas de la radio de plástico, derretida lento encima de la quematuti o las redes de sotanas sociales. Y empezarán las arcadas que jamás se entenderían hasta que bajó el señor y nos abrió la puerta con la camisa abierta, dejó de ladrar el perro, la mujer miró por la ventana y pasó el avión, el olor a pan, la polenta pegándose en el fondo de la olla, el fuego atestando los leños, la casa inundada de humo, el viento arremolinando los calores escasos y una flecha apedreada por la inerme sensación de fragilidad que se muere en un pocito, como un pene arrancado a fuerza de hastío y pobreza de espíritu, el sms número noventa, la lucidez de un minuto, la que no alcanza, la que no sirve para nada y nada con la cabecita afuera del agua, madurando, sonriendo gozosa y dando un pasito más, un alguito más, dedicándonos los últimos jugos, los últimos tiempos. Otro poco. Un poquito más. Otro poquito más porque ¿total?, es un día idéntico.
"Si lo puedes identificar, es porque es idéntico." Lionel Andrés Messi
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