Bertolt Brecht

Ah, la simpatía... El poderoso descaro de saberse imbuido por esas hadas celestiales que bajan rampantes de un cielo descolorido a posarse en los desprevenidos hombros maternales de quien se crea tan sencillo como un cuchillo sin dientes, aquellos de punta roma que acarician la manteca en los desayunos invernales de los niños afeminados por la soledad diagramada. ¿Qué panes circundan los mohosos pozos blancos de la eternidad, arreciando toallas blancas por los costados del propóleo? ¿La noción de sujeto otra vez? ¿O es el efecto doppler de una moto que se aleja ruidosa hacia la otra villa, donde el pescado sabe más barato y las niñas de pelo recogido sonríen más ancho? Lupe fue a buscarlas al colegio y volvió sodomizada, con el ropaje de su caballo constreñido en un silencio muerto, pobre y andaluz, sangrando desde unas albahacas secadas al sol, disminuidas y preguntaba, sin embargo, por ti. Preguntaba por tu voz y tus manos centelleantes. Porque está bien claro que mientras duermes, tus manos centellean. No te lo hemos dicho para no abrigar falsas alabanzas al señor de anteojos que todas las noches levanta su lupa bajo tu diario íntimo, privado, soltero, virginal y seguro. Si ha de levantarse caído sobre una silla, porque te aburriste, porque se molestó o porque sí, es clave que te bajes de la cama y vayas descalza y bamboleante, dulcemente torpe y dormida al baño, a encremarte la cara y chuparte un meñique sonriente. Esta vez, el que más te duela.

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Y ah, he aquí la simpatía... Será que mientras las gentes siguen llorando a mares la muerte de Spinetta y discutiendo sobre si era mejor poeta o músico o párroco o persona o argentino, tú alabas su vida y su obra, sentada con los ojos chicos y plácida en los muros desencajados del estadio y pones cara de chinita como una bergamota deliciosa cuando el ómnibus no llega. ¿Otra vez la noción de sujeto? Y los barcos siguen llegando todos los días como las opacas bandas de jazz que hacen lo mismo en cien mil acordes que cuestan carísimo a los profesores, casi un ojo de la cara y las mujeres ni los miran pasar, a lo sumo les darán un grueso rato de concha y un segundito de esos abrazos que huelen a mascota o a piernas de bicicleta infantil. Porque las bicicletas de los niños, y esto es tan cierto que te asusta, tienen piernas. Y los autitos hablan, pero esto les pasa a los adúlteros también.

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