Mark Twain

Me retiro. Agarran uvasales de encima de la mesa, del escritorio, las bandejas, los pantalones cosidos a mano y me retiro. La luz se apompona mágicamente en una botella hirsuta de polillas hambrientas de fiesta, y el día tuerce la cara en cada una de las muchachas que me bebieron la leche directamente del agujerito de la pija. El sol me pega en el pecho de la calle, haciendo cosas de vándalo por el dormitorio o culebreando mugriento por el piso frío, con pelos enganchados en la barriga y pelusas de la frazada hincadas entre los dientes, la saliva, el ambiente carcelario y húmedo, abyecto y curiosamente permanente de los dedos de escritor. Limpian los lentes con el hedor de la boca roja y me retiro. Sirven ensalada con papas remojadas en aceite, jugos de limones y sal vertida en lluvia generosa. Todo logra sucederse mientras toman mate, se ceban, se toman otro mate y así descaradamente, como si fuese universal, habitual, chispazos todos los días, como el hambre: jamás sentimos hambre, solamente relojes. Se sientan en las bibliotecas, alcanzan la alfombra y suenan las mentiras de los dedos en la fatal caricia repetida de la monotonía que no nubla ni persevera. Me retiro.

Los ómnibus afuera.
El ruido de las llantas en 
la calle mojada.
La gente trabajando a
la intemperie.
El torpe secreto de esperar
lo memorizado.
El olor de los pinos al sol
inexistente.
Las enfermedades de todos
los años que huelen a sopa
y a té y a
descarga.





Contra el borde izquierdo del piano me retiro, contra las negras, los azabaches, las conchas de mujeres maduras, excelentes amantes, feroces reproductoras, apasionadas de la complejidad y los versos, mujeres de pelos victoriosos, caderas de olla y besos de penetro, agarro, aprieto, magullo y seco, maduro y abro, amasijo y abrazo, hurto y vendo, conozco y sé, pudro y digiero. Me retiro. Las paredes huelen a salsa de soja y a mosquitos, los pasos en el corredor, la valija, el andamio todavía allí. Los andamios, las reparaciones, las restauraciones, las mejoras, los baldes, las explicaciones, el sopor de la madrugada, las ocho horas, el té, la vianda en su tupperware. El precio del trabajo y el trabajo del necio. Los músculos tirantes que divergen preciosamente aromáticos en las opalescentes espaldas perfectas de las sonrientes gurisas con sed, los tatuajes, el licor, las ignorancias y los hoyos infinitos de las letras, inconmensurables, infinitas, fieles de fidelidad, incondicionales e implacables, infinitas. Me retiro. Se ríen a carcajadas y sonrío. Retumban. Me peino con los dedos. La puerta abierta.

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