Washington Benavides


En una forma absoluta y con variaciones muy tomadas de los pelos, algunos hombres y algunas mujeres saben la diferencia entre una masturbación profunda y su antítesis. En tanto la noche se dedique a profanar los claroscuros más excelentes y las autoridades más férreas, el versículo en solitario que nos proporciona infinitas madejas de autoconocimiento y autococción, se va desplazando en un camino suavemente ondulado con particularidades que rara vez nos dejan atónitos pero pueden llegar a sorprendernos. La crudeza, la animadversión, la lujuria, el amor, la desdicha, la ducha, el sopor, la ira y la apatía incluso, lubrican misteriosamente el fondo de un crisol de intimaciones que abren sus bocas hambrientas para recibir el sencillo arte de entregarse a la mismidad y el fabuloso ascensor (rara vez descensor), que nos deposita tierna y furiosamente en las gargantas del placer. Es así.

Gentes lo toman repulsivo, insano. Hay farándula que no logra tentarse a sí misma y desdeña buscarse clímax. Otras voces hablan de sustitución, instando a una teoría que afirma que el tocado propio suplantaría coitos y encuentros variados con el prójimo, como si solamente hubiese que echar mano cuando uno extraña el fatigarse con un otro... Llegábamos a llamarles "canallas" en la juventud babosa de nuestro camino culto. Hoy sabemos integrarlos al rincón de los cercanos, observándolos entrar al tenedor libre y servirse la ensalada de lechuga que tanto solicitan. ¿Y qué de los demás? ¿Qué de aquellos hinchas de la glotonería toda? Sin pausa, sin prisa, con un atavío de anhelos que diagrama las pupilas temblorosas de placer en cada tintinear del rocío nocturno. Un enjambre de sedes que dota manos y dedos con el ansia beligerante de un encuentro lascivo con el sensual espejo de cada obscenidad que nos habita y conduce cotidianamente, deformando los grafismos de la vida con las plúmbeas curvas artesanales de la orgánica estimulación autoreferencial. ¿Y levantarse al otro día y darle un beso en el cachete a mamá, ir a la facu con la mochi, el celu, a trabajar, darle la mano a seres de variopinta calaña, coordinar, dirigir subalternos, integrarnos, dialogar, socializar, mezclarnos y opinar...? ¿Esto es posible habiendo buceado orondos por el cálido océano pringoso y cándido de los carnales mesmerismos personales, habiéndonos hecho "la propia"?

Mirame.

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