William Shakespeare

¡Sí! ¿Vamos al after office de tu siniestra madre en iPad? ¡Coagulala! Porque ha ocurrido, y les pido mil disculpas ya que van, un señorial golpe de suerte: parecería suceder que hay escritores cultos, gentes de jerarquía y talante y damas del arte, que utilizan seudónimos para esconderse tan bien, que algunos nombres que hoy manejamos de aquí para allá, son harina en las manos de un niño que vomita las ramitas del bonsai de la vida. ¡Así como lo oyes, pelitos en la cola! Minúsculos pero allí están, como otra campaña viral. ¿Pueden engañarnos? ¡Qué sorprendente! ¡Es el canal cuatro! ¿Les pillamos por detrás? ¡Ay, dale!


Fiódor Dostoievski: ¡tanto papel hemos llevado a la papelería que nunca se creería! Este tipejo escritor de sainetes infatigables como "¿Cerraste?", "¿Segura que sí?" y "Fijate a ver, no sea cosa que..." ha parecido desaparecer sus particularidades identitarias a lo largo del siglo XV dando como resultado un menjunje vicioso que cae en la penumbra de las autorías molestas. Toda la información que tenemos de él es un flácido oasis de ladrillos en el lerdo desierto de la mampostería. El verdadero autor de su material es nada más ni nada menos o sí, quizás tal vez el misterio arrolle y hagamos otro thriller. ¿Qué enseñaremos ahora en los colegios? ¿Literatura? ¿Oscurantismo? ¿Te olvidaste que no te viniste nunca encima? Pero tampoco te pusiste las pilas, pusilánime.

Gabriel García Márquez: otro simpático muchacho que nos maravilló con su impronta agridulce en Macondo y Canstatt, aterciopeló su filosa pluma con los heterónimos de Leonardo Sbaraglia o Nicolás Cabré, quienes obtenían unas jugosísimas sumas de dinero por sus wallpapers y así cubrían los gastos de la escritura y los maquiavélicos desórdenes acometidos en la capital. Juntábanse en un resto pub de Pocitos y le llamaban "lefa" al semen, mientras describían hombres en las esquinas rosadas entre risas y revistas barriales a todo calor.

Alejandra Pizarnik: parece que la que te dije no solamente nunca existió en forma de ella, sino que sus textos son un conglomerado de delfines y atunes... ¡atorados en las redes de balleneros hampones que matan a las vacas para usarlas como animales de circo y alimentar a las tortugas con nylon! Su forma de escribir tan particular se debe a peripecias artesanales que pergeñaron los maravillosos universitarios para hacer pasar esas letras como verdaderas obras literarias infectas de ambrosía culta. Recordemos "Como agua para cachalote", "Aprenda a bailar choro" y "Las regalías son mías". No digo más.

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