Enrique Amorim


Negalo y andá a acostarte. ¿Soy un lector inteligente porque leo Bukowski o leo Bukowski porque soy un lector inteligente? ¡Ah! ¿Me pica la punta de la pija o me punta la pija de la pica? Ya sé, entraste con el paquete de tabaco y las hojillas como mirando otra cosa y te pregunto: ¿a qué hora te levantaste y cuántas horas trabajaste hoy? Veamos el siguiente esquema: mentira, consideremos que vos seguís creyendo que los inciensos de lavanda algún día olerán a lavanda. Entonces te sentás en la vereda y le preguntás a tu cualquiercosario (cuya mochila no hiede): ¿qué has hecho hoy para alimentar al capitalismo?

¿Te responden que compraron?
¿Te responden que vendieron?
Te responden que desean.

¡Y pam! ¡El flan es huevo, leche y azúcar! ¡La Cenicienta va a caballo y Aquaman la mantiene a raya! Por suerte hay varias salidas, eh. Pensar, por ejemplo. Uuuuuuuuuuuuuuuuuu... Pensar es lo novísimo, lo colosal, las enredaderas en días de lluvia y el mirar tras los cristales. ¡Las chorizadas no fueron un invento, eran la única opción! ¿Y ahora? Seguís negando el marisco como seguís meando europeo. ¡Qué raro! ¿Soy un lector inteligente o un inteligente lector? Te miran subir al ómnibus y sentarte en el pescante. Y vienen todas aquellas voces (palabras) que guardás para cuando te muelas en sal muera y los hijos de tus hijos repitan las memorias del teléfono de disco y le encuentren sentido a Jaime Ross, la geopolítica del rizoma y se olviden, en una toma, de la mano y de la paja. Tan simple como como. Y tu concha siempre raja.

¿Te responden que leyeron?
¿Te responden que escribieron?
Te responden que estudiaron.

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